Recurrir al miedo puede parecer un atajo para obtener orden, pero siempre termina siendo un callejón oscuro hacia lo ingobernable. Hay miedo porque hoy “la democracia está en peligro”, aseguran algunos -quienes paradójicamente sugieren un golpe de estado-, sin percatarse de que la democracia no puede ser bien recibida cada 5 años cuando es el hambre quien te visita a diario.
Entre la gente hay mucho temor sobre el próximo presidente. El prejuicio, producto del miedo y la desinformación, campea gracias a la poca vergüenza de varios medios de comunicación y a una nueva forma de activismo político: hacer mucho click en Facebook, leer poco, entender aún menos y, desde luego, opinar. Este escenario ha sido perfecto para la exhibición de racismo a la que hemos asistido en los últimos días. En este ataque de “honestidad” varios de quienes han reposado sobre la tranquilidad democrática prefieren ir a perseguirla en otras latitudes, como si la democracia ajena fuera a fortalecer la propia.
Varios hablamos de tolerancia y abogamos por el respeto a las personas y a su voto, sea cual sea. Sin embargo, también debemos reconocer que más de la mitad del país no se pregunta, como varios de nosotros, “¿cuál de los dos será peor?” sino “¿cuál de los dos será mejor?”, lo que nos debe hacer reflexionar sobre dos temas de fondo: pobreza y educación. Keiko y Humala pueden ser improvisados, pero no son casualidad.
Un voto pragmático nos llevaría a analizar los escenarios posibles. Los procesos de Bolivia y Venezuela surgen porque los niveles de aprobación fueron altos (ambos ganadores en primera vuelta). Humala no tendría gran respaldo popular, su Congreso sería fraccionado, y no contaría con barriles de petróleo a $120 que le permitan hacer experimentos, así que estaría obligado a centrarse un poco. No le convendría ir por otro camino, pero es una posibilidad. Dice que habrá libertad de expresión, respeto a los Derechos Humanos (DDHH) y que no creará una Asamblea Constituyente. Dudas.
Keiko dice que no es Alberto y que no lo indultará, que el golpe de estado no se repetirá, y que respetará los DDHH y la libertad de expresión. Más dudas. Si Keiko no es Alberto basta ver a sus congresistas y colaboradores para recordarnos que el fujimorismo sigue siendo el fujimorismo. Keiko diciendo que su padre fue “el mejor presidente de la historia del Perú” o Martha Chávez afirmando que “San Martín tendrá que pagar en su momento”, las muestra más cerca de la amenaza que del arrepentimiento. Arrogancia pura y dura.
Son las pruebas y no las intenciones las que disipan las dudas. Podemos tener más dudas de uno que de otro candidato, pero estando en el gobierno cualquiera podría intentar hacer algo distinto a lo que dijo. El voto pragmático es un voto de fe. Sin embargo, votar también es un ejercicio ético, que se basa, justamente, en las pruebas existentes: demolición de las instituciones, fichaje de conciencias, compra de medios de comunicación, violaciones a los DDHH, 78 funcionarios del gobierno de Fujimori presos, $ 6000 millones robados, y muchos datos más. Humala tiene elementos de los cuales sospechar, pero todavía existe una diferencia entre a priori y a posteriori.
Resulta paradójico, preocupante y humillante que la peor crisis moral de nuestra historia republicana haya sido filmada y exhibida, y que aún así, 10 años después, se busque abrazar la misma dictadura que hizo del beneficio de pocos la desgracia de muchos. ¿Los mismos que manejaron los medios antes -y que hoy ya están demostrando su influencia-, serán quienes garanticen la libertad de expresión? ¿Los mismos que ven en las violaciones de DDHH casos aislados durante el fujimorato, serán quienes los garanticen? ¿Los mismos que no reconocen en Alberto Fujimori a un dictador, serán quienes protejan la democracia? ¿La misma que faltó al Congreso más de 500 veces y cobró 1 millón 60 mil soles, será quien asegure un gobierno honesto y responsable? ¿Merecen el premio del segundo intento (solo porque mantendrán la línea económica)?
La economía de un país no puede ser más fuerte que sus valores. El miedo no puede ser más fuerte que la dignidad. Un pueblo sin pasado solo puede parir a una nación sin futuro. Yo no pierdo la esperanza de luchar por un mejor país, ni pierdo la dignidad votando por el régimen que hundió a nuestra nación en su decenio más inmoral. Ya dijo Saramago, "lo último que se pierde no es la esperanza, es la dignidad".

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