Los jóvenes debieran ocupar un rol protagónico en el discurso electoral. La realidad, sin embargo, los ubica solo como actores de reparto (de volantes). La inexistencia de partidos políticos y la desconfigración de su imagen clásica como espacios de vertebración social y de formación de cuadros ha llevado a este grupo etáreo a ocupar un lugar ambiguo. Esta ambigüedad está definida por dos discursos contrapuestos: uno primero ligado a su condición de importante “bolsón electoral” (más de 6 millones de electores tiene entre 18 y 29 años); y otro segundo representado por el mito de indiferencia participativa gracias al cual son vistos como actores políticos marginales.
Si uno de cada tres votantes en las últimas elecciones fueron jóvenes, se explica el cálculo de muchos de los discursos de campaña –y en menor medida de los planes de gobierno- de considerarlos sujetos relevantes “para el futuro” (sic.). A pesar de ello, hubo apenas 46 candidatos menores de 35 años en Lima de un total de 432 postulantes; es decir, sólo alrededor del 11%; cifra repetida a nivel nacional. Entre los candidatos más votados, sin embargo, figuran jóvenes como Kenyi Fujimori, del partido de su familia, y Luciana León, del partido aprista, presumimos que por razones y méritos bastante distintos.
Si uno de cada tres votantes en las últimas elecciones fueron jóvenes, se explica el cálculo de muchos de los discursos de campaña –y en menor medida de los planes de gobierno- de considerarlos sujetos relevantes “para el futuro” (sic.). A pesar de ello, hubo apenas 46 candidatos menores de 35 años en Lima de un total de 432 postulantes; es decir, sólo alrededor del 11%; cifra repetida a nivel nacional. Entre los candidatos más votados, sin embargo, figuran jóvenes como Kenyi Fujimori, del partido de su familia, y Luciana León, del partido aprista, presumimos que por razones y méritos bastante distintos.
El error parte de estigmatizar a los jóvenes como una masa monocorde que piensa, lee y come lo mismo; y sigue por malentender que los cambios en su forma de hacer política son meramente formales. A partir de allí, los medios de comunicación alimentan un discurso restrictivo respecto de sus intereses que es recogido sin mucho esfuerzo por la clase política. Lejos de atender prácticas diferenciadas y necesidades concretas, se presume al joven como una entelequia que activa su participación como una moda, y que cree que la Democracia es una aplicación de Facebook.
La agenda joven, felizmente, empezó a ser más diversificada y compleja a partir de algunas propuestas de los propios coetáneos en la reciente campaña congresal. En el centro de ellas está el interés por los temas educativos, sobre todo en el vínculo entre formación y trabajo; aquí el rol de la educación superior, sobre todo, es concebido como crucial para romper los círculos de pobreza. A los lados figuran temas laborales, como los services y las condiciones semifeudales que subsisten en el modelo, así como políticas transitorias para paliar el desempleo. Luego aparecen asuntos relativos a la ciudadanía sexual, incluyendo el debate sobre la despenalización del aborto, la píldora del día siguiente y, aún con timidez, empieza a asomar una agenda en torno a los denomindos derechos digitales (accesibilidad, conectividad, derechos de autor, circulación de contenidos, etc.).
Finalmente, el escenario de segunda vuelta sugiere un severo llamada de atención para muchos jóvenes que empiezan a involucrarse en los temas del país sobre su rol y presencia. Puede significar también una oportunidad para generar conciencia, desde todos los espacios pedagógicos posibles, de la necesidad de una participación más constante y sostenida, que debe transitar de la crítica online a la acción de forma más concreta en el terreno político.
La agenda joven, felizmente, empezó a ser más diversificada y compleja a partir de algunas propuestas de los propios coetáneos en la reciente campaña congresal. En el centro de ellas está el interés por los temas educativos, sobre todo en el vínculo entre formación y trabajo; aquí el rol de la educación superior, sobre todo, es concebido como crucial para romper los círculos de pobreza. A los lados figuran temas laborales, como los services y las condiciones semifeudales que subsisten en el modelo, así como políticas transitorias para paliar el desempleo. Luego aparecen asuntos relativos a la ciudadanía sexual, incluyendo el debate sobre la despenalización del aborto, la píldora del día siguiente y, aún con timidez, empieza a asomar una agenda en torno a los denomindos derechos digitales (accesibilidad, conectividad, derechos de autor, circulación de contenidos, etc.).
Finalmente, el escenario de segunda vuelta sugiere un severo llamada de atención para muchos jóvenes que empiezan a involucrarse en los temas del país sobre su rol y presencia. Puede significar también una oportunidad para generar conciencia, desde todos los espacios pedagógicos posibles, de la necesidad de una participación más constante y sostenida, que debe transitar de la crítica online a la acción de forma más concreta en el terreno político.
(*) Publicado originalmente en Nexos, Publicación de la Especialidad de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima.

0 comments:
Publicar un comentario en la entrada