jueves 1 de septiembre de 2011

Infierno en cuatro ruedas

La problemática vehicular en el Perú  no es es algo nuevo como muchas personas pueden creer. Y es  que si bien es cierto que antes del estallido poblacional limeño no existía -ni por asomo- la cantidad angustiante de automóviles que hoy en día vemos recorrer las sufridas calles capitalinas, tampoco hay que ignorar el hecho de que la falta de transporte público generaba que -sobre todo antes de los 90- mucha gente se haya visto obligada a realizar contorsiones (aún continúan en la actualidad)  dentro de los buses de ENATRU para que la incomodidad no sea más prominente de lo usual.

Ante tal insuficiencia, el entrante gobierno fujimorista liberalizó el transporte (Decreto Legislativo 651). Es decir, tomó la decisión de permitir que cualquier persona tenga carta libre para brindar dicho servicio tan importante. Fue entonces cuando se optó por solucionar la dificultad vial existente por una especie de suicidio donde las víctimas fueron la calma, el orden y comodidad de los limeños.

Como resultado de haber generado esa libre competencia, las empresas no tardaron en aparecer, multiplicarse e inundar Lima a una velocidad trepidante. El panorama había cambiado radicalmente, ahora las personas tenían la posibilidad de optar por una gran cantidad de vehículos importados (la gran mayoría proveniente del lejano oriente) que luchaban palmo a palmo para hacer que los transeúntes ocupen un lugar dentro de automóviles que desde ese momento eran manejados por un chofer que acababa de encontrar un empleo y un cobrador que buscaba la manera de sacarle más provecho a la situación.

No olvidemos que también se derogó cualquier restricción para la importación de bienes usados (Ley 25789 de octubre del 92), con lo que se permitió que una gran cantidad de vehículos de segunda mano sean las principales herramientas empleadas para que los peatones seamos transportados a diario. Recién en 2006 la cosa empezó a cambiar, hubo mayores restricciones y los automóviles nuevos superaron en número a los usados en cuanto al nivel de compra, sin embargo, la pastilla ya había sido tomada y Lima se había convertido en un paraíso de la abundante chatarra vehicular.

A pesar de lo mencionado, y para sorpresa de muchas personas, el Perú es uno de los países a nivel latinoamericano con menor cantidad de vehículos por habitante. En la actualidad, existe un promedio local de 19,2 personas para un solo automóvil, lo que implica que, si nos comparamos a los 8,18 de Colombia o los 3,59 de Brasil, en realidad no hay un extravagante número de autos circulando en nuestras pistas, sino que incluso hasta se podría decir que la cifra de automóviles es muy mezquina. Si esta es la situación, ¿entonces por qué percibimos tanto caos? La respuesta está en el empaque, más precisamente en el tamaño del empaque, y es que no podemos dejar de lado que las combis son el tipo de auto que con más frecuencia vemos a diario, abundan en Lima y son los reyes de las carreteras capitalinas.

Ahora bien, si tenemos en cuenta el dato que nos dice que “en siete combis entra tanta gente como en un bus (100 personas)”, y sabemos que ese número de combis ocupa 72 metros cuadrados, mientras que un bus abarca 30 metros cuadrados, habremos entonces dado con el hilo principal de la problemática vehicular limeña: Se toma más del doble del espacio necesario para transportar el mismo número de personas, por lo tanto, el tráfico aumenta, la incomodidad es mayor, la contaminación ni hablar, y los accidentes continúan batiendo records por cada año que pasa.

Yendo al terreno de lo fatal, podemos citar miles de casos, pero lo cierto es que la gran mayoría de accidentes automovilísticos tiene un guión más o menos parecido: Por un lado está el chofer irresponsable que se pasa alguna luz roja (tomemos el caso de Ivo Dutra como el ejemplo más actual), invade terreno peatonal o va a excesiva velocidad, mientras que en el otro bando se encuentra el transeúnte distraído, descuidado, amante del vértigo, y que no usa los puentes peatonales. Es cierto que muchas veces estos factores no se combinan, pero en la gruesa de los casos, basta solo uno de esos factores para que el llanto y las lamentaciones sean los siguientes protagonistas. Es evidente que mientras más empresas existan, será más complicado supervisarlas y conocer si realmente las personas que trabajan ahí están mínimamente capacitadas para transportar a tanta gente todos los días.

¿Cómo se puede escapar de este laberinto tan sinuoso? La alcaldesa de Lima ha dado el primer paso y ya anunció que desde el 2013 las combis y cousters no circularán más en las principales avenidas de la ciudad, puesto que serán reemplazados por inmensos “buses patrón” (equivalentes a diez combis) que tendrán la tarea de ordenar y uniformizar el tráfico vehicular capitalino. Recordemos que en este caso el tamaño sí importa, por lo que resulta de vital importancia que el Sistema integrado de Transporte, propuesto y planificado por la Municipalidad de Lima, se cumpla a cabalidad y sin vacilaciones. De tener éxito, los agradecimientos serían inmensos.

Por lo pronto,  esperamos que la enfermedad sea atacada por los dos frentes, y es que no solo basta con poner orden en tanto barullo, sino que también es de gran importancia lograr un alto nivel de educación vial para conductores y transeúntes. Queda claro que para conseguir tremendo objetivo es necesario que exista un compromiso por parte de todas las personas, un compromiso que implique las ganas por exigir un servicio de calidad y la voluntad de respetar las normas, si no somos capaces de cruzar un puente peatonal para cuidar nuestras vidas, cualquier reclamo de mejora en el transporte se pierde en un gran sinsentido.