Un aficionado al futbol muere lanzado al vacío desde un palco en el Estadio Monumental. Su afición lo llevo a ver el último partido de su vida. Los titulares de periódicos, televisión y radio le dan a la tragedia una cobertura que ya lleva casi una semana y que seguirá ocupándonos varias semanas más opacando la comitiva de Nadine a Nueva York y la crisis económica internacional que se avecina.
El Estado reacciona con fuerza, con agresividad, diría que hasta con exceso: se prohíbe jugar fútbol con público en todos los estadios (no se bien con qué base legal). El Ministro del Interior sale con una energía inusual. El propio Humala toma cartas en el asunto y ordena amenazar para que se tomen medidas. Finalmente la vida humana merece nuestra máxima preocupación.
Las conversaciones en todos los lugares no hablan de otra cosa. Comidas, almuerzos, reuniones, pasillos, se llenan de comentarios y especulaciones sobre qué es lo que pasó. No se deja de mencionar en ninguno de esos espacios que los vándalos y la víctima no son unos “cualquiera”. Son gente de clase media para arriba, algunos habían estudiado en buenas universidades, representan empresas, tenían billete, un buen nivel de vida. “¡Si se fugó a Miami!” (algo así como a la Meca de la pituquería limeña) Y se escucha la frase despectiva y racista por contraste: “Pero si era un lío de blancos”.
Casi en paralelo tres niños pobres en una localidad apartada mueren envenenados por pesticida consumiendo lo que supuestamente debía sacarlos de la desnutrición. Un programa de apoyo social fue su verdugo y de paso casi se lleva la vida de más de 100 de sus compañeros, algo más afortunados.
La cobertura intensa de prensa duró apenas algo más de dos días. Ya la noticia se enfrió y nada hace pensar que en un par de semanas encontremos algún titular de primera, segunda o tercera página sobre el tema. A diferencia del aficionado que cayó del palco, quizás nadie recuerde nunca sus nombres. Su muerte será tan anónima como su vida.
El Estado, claramente responsable de lo que pasó, reacciona muy distinto que con el fútbol: le echa la culpa a las señoras que cocinaron por no lavar las ollas de un supuesto pesticida (en lo que es un acto de crueldad y ensañamiento sin nombre incluyen en la acusación a las madres de las víctimas). El gobierno se escabulle de su propia responsabilidad. El Ministro de Interior no aparece. Y Humala tampoco. Parece que la situación no merece la misma energía que las barras bravas. ¿No era que la vida humana merece toda nuestra preocupación?
Se limitan a despedir a unos cuantos chivos expiatorios no solo para que olvidemos más rápido quién es el verdadero responsable, sino para no llamar la atención sobre el tremendo engaño y el desperdicio que hay tras esos programas sociales, llenos de ineficiencia, irresponsabilidad y corrupción. Y todo ello con el agravante de jugar con la pobreza y el hambre de niños. Finalmente nuestros impuestos terminan financiando el cadalso de inocentes.
Y en las conversaciones de almuerzo y pasillos, los niños anónimos no toman más de un minuto. Se expresa que que pena, que ojalá no pase de nuevo. Qué barbaridad. Y de allí, a pasar a otro tema y a hablar un buen rato del clásico fatídico y del aficionado (Walter Arturo Oyarce Domínguez) de cuyo nombre todos recordamos.
Sinceramente no sé si hay más bajeza humana en empujar a un aficionado al futbol de un palco o tolerar que esos programas funcionen así, con tanto despego a la vida y a la dignidad.
Lo cierto es que me cuesta entender de inclusión social en la boca de quienes excluyen socialmente en lo más trágico. Y comienzo por Humala, los ministros, los funcionarios y termino por cada uno de nosotros que reaccionamos excluyendo en nuestras conversaciones a los que más merecerían nuestra atención.
Ambas situaciones son terribles. Los energúmenos que matan a una persona por que es hincha de otro equipo no merecen el perdón de nadie. Pero quienes son responsables de envenenar a los niños en Cachachi (seguro no recordamos el nombre del lugar) lo merecen aún menos. Los responsables de esas muertes tienen como agravante que se les había encargado darles a esos niños una vida mejor.
No creo que el Estado sea bueno para la mayoría de las cosas. Pero una de las que peor hace es la inclusión social. El Estado es una de las organizaciones más excluyentes y discriminadoras de nuestra sociedad. La política es un juego que conducen a convertir la tragedia del palco en algo más relevante que lo que pasó en Cachachi.
Por eso me da tanto miedo el entusiasmo de los políticos por la “inclusión social”. Coloca en manos de los menos indicados el futuro de quienes más necesitan.

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